La Página
Por Alfredo Soria
Morelia, Michoacán.-En el Centro Histórico de Morelia, entre pasos apresurados, campanas y murmullos de turistas, de pronto ocurre algo que descoloca: una voz de ópera irrumpe en la calle. No sale de un teatro ni de un recinto solemne, sino de una mujer que se planta firme, enciende una bocina y canta en los portales como su escenario. Es Sol Mendoza, soprano dramática, cantante urbana, madre. Su voz no pide permiso: aparece, se eleva y se escucha, limpia y potente, rompiendo la monotonía del centro.
“Sol, como el sol, así que alumbra e ilumina todo. Así yo”, dice Arely Ruiz Mendoza cuando se presenta, con una sonrisa que no es ingenua, sino construida a fuerza de camino. Tiene 38 años y once de ellos los ha pasado cantando ópera en la calle, no como un acto improvisado, sino como una elección consciente. Más que una salida obligada, es un espacio donde hace lo que más ama: cantar ópera y hacerlo bajo sus propias reglas.
Creció en la Ciudad de México, en un entorno marcado por la precariedad. Vivía con su familia en una fábrica donde se fabricaban tubos de drenaje. “Éramos muy, muy pobres”, recuerda. La televisión apenas se veía, la señal fallaba, pero una tarde algo se coló entre el ruido: una mujer cantando ópera. No recuerda el canal ni el nombre, pero sí la sensación. “Mi papá decía: ‘Esos son puros gritos’. Y yo le decía: ‘No, déjale, yo quiero escuchar esos gritos’”. Cuando por fin logró que no cambiara de canal, lo supo con una claridad que aún hoy la acompaña: “Yo quiero cantar eso”.
Desde entonces no dudó. Sabía que la música era su destino y que la ópera era su lenguaje. “Yo sí sabía qué quería desde niña, y era cantar ópera”. No tenía medios, ni formación, ni contactos, pero tenía una certeza que no se le movió con los años. Su primer encuentro formal con la ópera ocurrió mucho después, en el bachillerato, cuando un maestro les regaló boletos para una puesta en escena en Bellas Artes. No era una producción famosa, pero para ella fue reveladora. “El hecho de estar ahí, de decir ‘yo quiero esto’, fue definitivo. Ahí dije: quiero estudiar música y quiero cantar esta música”.
La vida, sin embargo, no siguió el libreto ideal. Se casó joven, dejó a su familia y llegó a Morelia con la idea de formar un hogar. “Creí que haciendo las cosas bien, todo iba a salir bien”, dice sin dramatizar. No fue así. En medio de una relación que comenzaba a fracturarse y con la maternidad tocando a la puerta, entendió que tenía que sostenerse a sí misma sin renunciar a quien era. “Yo sentía que había dejado todo por él y que él seguía con su vida. Dije: tengo que agarrarme de algo”.
Ese “algo” fue, otra vez, la música. Embarazada y sin estudios formales de canto, se preparó para presentar el examen de ingreso a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Michoacana. Cantó piezas en italiano sin dominar el idioma, aprendió partituras desde cero y se presentó al examen apenas dos meses después de una cesárea. “Los maestros me decían: ‘¿Estás cantando con una herida de cesárea?’ Y yo les decía que sí, que quería estudiar”.
No lo tuvo fácil. Le advirtieron que su edad y su condición de madre jugaban en su contra. Pero su voz inclinó la balanza. “No tenemos tu registro”, le dijeron. Era soprano dramática, una voz poco común, limpia, sin vicios. “Me aceptaron por eso, por mi registro de voz”. Agradece hasta hoy a quienes la escucharon cuando muchos habrían cerrado la puerta.
No terminó la carrera. La maternidad, el tiempo y la vida se impusieron. Pero tomó lo esencial: técnica, disciplina y confianza. Con esas bases decidió cantar donde pudiera hacerlo sin pedir permiso y sin sacrificar su tiempo como madre. “Gracias a eso hoy puedo sostener mi economía y estar presente con mi hija”, dice. Cirel tiene once años, la misma edad que Sol lleva cantando en la calle, organizando sus horarios, educándola y acompañándola sin ausencias largas ni jornadas impuestas.
Salir a cantar al espacio público no fue una ocurrencia romántica ni una última opción. Fue una forma de libertad. “Yo no salí a hacer amigos, salí a trabajar”, aclara. En la calle puede cantar ópera, elegir su repertorio y manejar su tiempo. En Morelia encontró un entorno menos hostil que en la Ciudad de México, aunque no exento de riesgos. Aprendió a cuidarse, a poner límites y a leer miradas. Dejó de repartir tarjetas para contrataciones privadas por el acoso. “Ahora doy mi número solo si sé a quién se lo estoy dando”.
También ha enfrentado agresiones, en especial de otros músicos urbanos. “Cuando les dices que no, se molestan. Te empujan, te intimidan, cantan encima de ti”. No se victimiza, pero tampoco lo normaliza. Reconoce que hay músicos solidarios y generosos, pero también competencia desleal y violencia. “Yo aquí vengo a trabajar y a sacar adelante a mi hija, nada más”.
La pandemia marcó un quiebre profundo en su vida. No solo se detuvieron proyectos musicales y colaboraciones que venía construyendo, también perdió a su madre, María Guadalupe Mendoza López. El duelo se sumó al silencio de los escenarios y a la pausa forzada del trabajo cultural. Durante ese tiempo, Sol siguió cantando cuando pudo, ajustándose, resistiendo. Hoy, con el inicio de un nuevo año, habla de retomar lo que quedó en pausa, de volver a impulsar proyectos musicales y de reconstruir, poco a poco, lo que la pandemia interrumpió.
A pesar de todo, no reniega de la calle. Al contrario. “Es un trabajo muy noble”, dice. Noble porque la conecta con la gente, porque le permite compartir la ópera fuera de los recintos tradicionales y porque ahí su voz encuentra oídos que no la esperaban. Canta ópera, pero también ranchero, huapango y bolero. “Canto lo que mi voz me permite”, dice, consciente de una voz que ha sabido cuidar y construir con los años.
Hoy, cuando Sol Mendoza canta en el Centro de Morelia, no solo ofrece una interpretación operística fuera de lugar: ofrece una forma distinta de entender la ópera, la maternidad y el trabajo. Cada nota carga una historia de infancia, decisión y resistencia, pero también de gozo. Canta porque le fascina, porque ahí es libre y porque, desde aquella televisión mal sintonizada de su infancia, cantar ópera ha sido siempre su manera más fiel de estar en el mundo.
Fotos y video: Alfredo Soria/ACG.